domingo, 12 de septiembre de 2010

Solidaridad ante la misoginia militar

Los eventos sucedidos el 17 de enero de 2003 en la ciudad de Valencia cuando varias personas, la mayoría mujeres, resultaron lesionadas por las brutales agresiones que les propinaran los guardias nacionales al mando del general Acosta Carles en una "visita" a una empresa privada, nos remiten directamente a los hechos protagonizados el pasado mes de agosto por este mismo general y su compañero de armas Eugenio Gutiérrez en los que también resultara agredida, tanto física como verbalmente, la figura femenina. La actuación de Acosta en esta ocasión no sólo se circunscribe al abuso de poder respecto al allanamiento en sí y a su explícita pésima educación, sino también, entre otras cosas, a la forma peyorativa con que trata a las jóvenes reporteras diciéndoles "mi amor" o sugiriéndoles que no le alcanzan los brazos para llegar a alguna de ellas.
Esta situación, aparte de producirme una inmensa indignación y un profundo asco, me retrotrajo a viejos tiempo, por allá, por 1981, cuando fui objeto de una agresión similar o quizás de mayor intensidad, aunque en otro ámbito, por parte del "notabilísimo" general, ahora retirado y recientemente caceroleado, Alberto Muller Rojas. Para entonces, el mencionado oficial era Director de Sanidad Militar, en una de las mayores manifestaciones de abuso de poder y mediante un inédito procedimiento, dio de baja a once calificados profesionales de la medicina, asimilados a las Fuerzas Armadas y destacados en el Hospital Militar Carlos Arvelo, entre quienes me encontraba fungiendo como Capitana de la Fuerza Aérea.


Pese a que corrían tiempos de la maltratada IV República, se hizo justicia y tres años después la demanda de nulidad de la Resolución que me implicaba, introducida por mí ante la Corte Suprema, fue declarada con lugar, con todas las consecuencias que ello representó para el Ministerio de la Defensa. Ninguno de mis colegas masculinos hizo reclamos. La sentencia sentó un importante precedente en el seno de las FF.AA.
Me parece importante traer este hecho a colación en este momento, porque ante el evento que nos ocupa se han esgrimido las opiniones más diversas acerca del sujeto femenino, la mayoría de ellas colocan a la mujer en una situación de fragilidad e indefensión que la minimiza. Si vamos a luchar, luchemos, pero como personas, como ciudadanas y por tanto asumiendo todas las consecuencias de esa lucha, seamos consistentes, no podemos ser hembristas cuando necesitamos que alguien nos cargue las maletas y feministas cuando pronunciamos un discurso. Utilicemos todos los recursos civilizados y legales para protestar, para obtener nuestras metas, para realizar nuestros sueños.
El derecho a la preservación de la integridad del ser humano, cualquiera sea su sexo, edad, raza, religión o situación socioeconómica es inquebrantable. El maltrato al otro es siempre denigrante, despreciable y detestable y quien lo ejecuta, abominable. No es mayor ni menor porque el agredido sea una mujer, quien roba es ladrón independientemente de la cantidad robada, por tanto, las mujeres no podemos ni debemos victimizarnos utilizando frases tan trilladas y misóginas tales como: "a la mujer ni con el pétalo de una rosa", este tipo de expresiones, paradójicamente, en lugar de enaltecernos nos colocan en situación de minusvalía. Somos merecedoras de respeto y punto, no nos tienen que respetar porque al pertenecer al género femenino nos conciban delicadas, frágiles o indefensas, o porque seamos madres, esposas, hijas o hermanas, no, nos tienen que respetar por nuestra condición de seres humanos, de personas y, sobre todo, de ciudadanas.

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