miércoles, 1 de septiembre de 2010

VIOLENCIA: UNA BREVE PERSPECTIVA HISTÓRICO-FILOSÓFICA

Tratar personas que han sido objeto de agresiones y que, como tal, han quedado traumatizadas tanto psíquica como físicamente por ese hecho, nos sensibiliza profundamente con ese fenómeno tan antiguo y tan actual como es la violencia que, además, nos despoja a nosotros los médicos de esa protección fantasiosa con que solemos acorazarnos respecto a las enfermedades y algunos otros acontecimientos que sólo atribuimos a los demás, pues cada vez y con mayor frecuencia tanto nosotros como familiares y amigos somos objeto de agresiones, amén de todo lo que podemos constatar cotidianamente en los medios audiovisuales.

Es más, en ocasiones la alteración emocional se presenta sin que medie ningún acontecimiento personal, sino como producto del miedo que genera la posibilidad de ser agredido, es decir, por nuestra identificación con las víctimas de la violencia, por el temor que infunde la inseguridad colectiva y la sensación de indefensión, lo que a su vez facilita que muchas patologías que permanecían compensadas o latentes se desencadenen y manifiesten. A fin de cuentas, en un ambiente violento e inseguro, todos nos convertimos en víctimas potenciales de la violencia.

A menudo tendemos a considerar como violencia, sólo aquella acción indeseable que toca directamente a individuos particulares o a grupos, y que es ejercida también por uno varios individuos. La expresión violencia suele utilizarse acompañada con ciertos sustantivos tales como procedimiento o medio. Un procedimiento se considera violento cuando se utiliza la fuerza o la coacción (física o verbal) para obtener un fin. Sin embargo, existe otro tipo de violencia generalizada pero legitimada, en la que los ciudadanos consienten, es la ejercida por el Estado. Su aplicación sólo se justifica cuando su uso es inevitable y con el fin de que las personas desarrollen su autonomía en paz, se trata de la coacción de la ley; sin embargo, el ejercicio de la violencia legitimado por la aplicación de la ley divina o de alguna otra, y en detrimento de grupos o sociedades antagónicas a quien la ejerce, en ningún caso puede ser aceptada.

Según Lipovetsky (3), los objetivos de la violencia han cambiado a través de la historia, así las "violencias salvajes" se perpetraban por honor o por venganza, en ese entonces, la relación entre los hombres era más importante que las relaciones entre los hombres y las cosas. En ellas existía un código de honor del cual dependían el prestigio y la estima social. La venganza conllevaba la subordinación del interés personal al del grupo y un fuerte encadenamiento de relaciones generacionales entre vivos y muertos. La defensa del honor y la venganza carecían de finalidad económica alguna, es decir, los seres humanos eran violentos por prestigio y la violencia era la garante del equilibrio social.

Durante el régimen de barbarie adviene el Estado y surge la guerra como medio de conquista y de expansión, desapareciendo así la connotación de guerra como sinónimo de venganza. El Estado se adueña de la guerra y la convierte en la misión gloriosa del soberano para apropiarse de territorios, esclavos, reclutar ejércitos e implantar la disciplina militar, dando comienzo a la era del culto al poder y la barbarie, propio de los regímenes de las sociedades premodernas. La crueldad, ritual sagrado en la antigüedad, se transforma en manifestación de fuerza y regocijo público. Eran sociedades donde se propiciaba en cierta forma la crueldad, pues al privilegiar lo colectivo, no se le otorgaba a la vida ni al sufrimiento personal su valor real.


La evolución histórica va generando sociedades más controladas, donde disminuye progresivamente la violencia colectiva. Los usuarios de la fuerza caen en desprestigio y la crueldad produce indignación y horror. Al separarse el placer y la violencia, se humanizan las costumbres. Del Estado Moderno surge el hombre individual quien se considera su fin último y sólo existe para sí mismo, se produce una ruptura de lazos personales y feudales y el sujeto pasa a estar más pendiente de sí mismo y de sus intereses personales que de los demás. Delega, en líneas generales, la violencia particular al Estado, quien se hace garante de su seguridad mediante la aplicación de la ley. El advenimiento del individualismo hace que la moral y el honor de la antigüedad, se conviertan en moral utilitaria, entonces, la vida se establece como valor supremo.

A medida que la civilización avanza, los individuos se pacifican, no por ética sino por hiperabsorción individualista, produciéndose entonces una propagación hedonista y un predominio del diálogo. La personalización diluye las figuras de autoridad, aun en la familia, donde los castigos corporales caen en desuso. Cuando surge la violencia, ésta en realidad carece de objetivo, el ladrón también asesina aunque esté en posesión de lo robado. Se trata pues de un violencia "hard", en un medio indiferente, "cool".

El proceso evolutivo de la violencia planteado por Lipovetsky (3) se ha venido cumpliendo, sin duda, en la mayoría de las sociedades, sin embargo, no es extraño que aun en nuestros días presenciemos con relativa frecuencia como la violencia es legitimada utilizando métodos propios de sociedades premodernas.

Para explicarnos este fenómeno, Hacker (2) recurre al mito de Prometeo. Él considera, que pese a que la humanidad ha sido condicionada históricamente respecto a los peligros que implican la utilización adecuada del "poder del fuego", también se le ha dicho que no está preparada para manejarlo y mucho menos para acceder a él. Siempre existen personas encargadas de tal manipulación, quienes terminan por autodesignarse, dueños del fuego. No obstante, en la medida en que otros individuos se emancipan y les surge el deseo de compartir tal poder, ya no aceptan las viejas explicaciones y comienzan a preguntarse acerca de qué, para qué y a quien sirve el fuego.

Los dueños tradicionales responderán que el poder del fuego corresponde a quien siempre lo ha poseído, pues la tradición es legitimadora. Surge entonces Prometeo, quien valiéndose del engaño y la violencia, arrebata el fuego a los dioses (dueños), para entregárselo a los hombres. Aquellos quedan engañados y se convierten en víctimas por haberse negado a entregar el fuego voluntariamente. Los dioses proceden entonces a penar a Prometeo, encadenándolo a una roca donde un buitre le devorará el hígado y lo castigará eternamente. Prometeo carga con la culpa del delito, que no es considerado como tal, ni por él, ni por sus partidarios, sino por el contrario, el mismo es asumido como un acto liberador, pues su agresión, justificada mediante la astucia y la violencia, les parece más noble que la de los dioses a quienes enfrentó. "Las personas emancipadas han conquistado, pues, por la violencia el poder, el fuego; recuerdan con orgullo esta acción heroica, ..... Para ellos se inicia una nueva época en la que todo debe ser diferente y en la que ya no será necesaria la violencia"(2).

No obstante, los peligros y la naturaleza del fuego siguen siendo las mismas, por tanto, habrá necesidad de vigilarlo y regularlo para bien utilizarlo. Algunos reclamarán tal vigilancia y se inicia el entrenamiento de quien la ejercerá, ellos, posteriormente, en teoría, enseñarán a los demás dicho manejo y la forma de sacar el mejor provecho de esa actividad. Pero poco a poco, quienes adquieren el dominio del fuego se convertirán de nuevo en dioses o semidioses y considerarán que los otros nunca serán capaces de hacerlo, reiniciándose así el ciclo prometéico. Cuando surjan de nuevo las interrogantes acerca del fuego, se hará presente el nuevo Prometeo, quien reeditará el robo del mismo y será detenido y castigado como criminal o alabado y premiado como un héroe.

El Prometeo de turno y sus partidarios, negarán su propia agresión y la proyectarán en sus enemigos, en los dioses anteriores, también tratarán de inducir la creencia de que la vigilancia y la coacción son innecesarias para el control de la agresión generalizada (común en todos los grupos sociales) y que para salir adelante bastará con haber arrebatado todas esas cosas al odiado poder anterior, generando así una relajación de los controles y dando pie a abusos de poder. La nueva política, mediante este mecanismo proyectivo, y por el hecho de creerse buena y no violenta, se convierte en una repetición de la política anterior.

Cuando el depositario del control de la agresión, en este caso el Estado, asume una actitud blanda para no parecer violento y deja de aplicar las leyes, se genera una espiral de violencia incontrolable que produce a su vez un clima de inseguridad constante donde la agresividad se transforma en una necesidad vital que nos retrotrae a épocas ancestrales en cuanto a la expresión de la violencia misma.

Cuando se desecha la aplicación de la violencia legítima como instrumento o forma de comunicación, se estimulan también las manifestaciones violentas de personalidades sociopáticas tanto a nivel particular como de grupos ya sea de policías, terroristas, guerrilleros y, sobre todo, de grupos paramilitares y escuadrones de la muerte.

Aún cuando transitamos pleno siglo XXI, solemos presenciar cada vez con más frecuencia e intensidad, manifestaciones de extrema violencia justificadas por razones políticas y/o religiosas similares a las invocadas en épocas de barbarie, pero todavía más dañinas y devastadoras porque son llevadas a cabo con armas o instrumentos mucho más poderosos que los empleados en la antigüedad. Dichas manifestaciones no pueden, en ningún caso, tener una justificación ética.

Al respecto, plantea A. Cortina (1) que para que el Estado pueda ejercer la violencia con justificación moral suficiente, son necesarias como mínimo tres tipos de actuaciones:
1) Que sólo se utilice la violencia indispensable dentro de los ámbitos de la legalidad.
2) Que no aumente la violencia existente con sus actuaciones.
3) Que sea legítimo.
Se requiere además de una opinión pública que legitime y controle comunicativamente a los gobiernos para que la violencia instrumental pueda ser éticamente justificable. De otra forma, la violencia se acrecentará cada día más, y retrocederemos cada vez con mayor velocidad a manifestaciones primitivas de agresión.

BIBLIOGRAFÍA

1.- Cortina, A. (1998). Hasta un pueblo de demonios. Ética Pública y Sociedad. Madrid, España. Taurus.

2.- Hacker, F. (1973). Agresión. Barcelona, España. Grijalbo.

3.- Lipovetsky, G. La era del vacío. (2000). Barcelona, España. Anagrama.

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