sábado, 23 de octubre de 2010

El mal banalizado

En el editorial de Tal Cual del miércoles 22-09-10, Teodoro Petkoff comentó lo sucedido en el Hospital Universitario de Maracaibo en Enero 2009, cuando el valiente Dr. Franz De Armas le salvó la vida al agente de Polimaracaibo Junior Galué, desafiando órdenes del director del referido centro, Dr. Dámaso Domínguez, quien le había prohibido atenderlo porque “era de los otros”. Petkoff se preguntaba qué extrañas fuerzas pudieron haber influido para que una persona como el Dr. Domínguez, a quien supone “normal y correcto”, actuara de esa manera y, grosso modo, lo atribuye a la identificación que éste pudo haber tenido con el “discurso envenenado” del “Líder Máximo”.
Al director del centro hospitalario en cuestión, lo creemos una persona con responsabilidad pública y privada respecto a la posible contaminación que pudiese haber sufrido con el mencionado discurso, y la toma de decisiones que de ello se deriva. En consecuencia, podríamos relacionar su actuación con un concepto muy discutido que Hannah Arendt menciona en el tratado “Eichmann en Jerusalén”: el de la banalidad del mal.
Arendt considera que no necesariamente quienes cometen malas acciones tienen malos motivos y que la crueldad de los actos no necesariamente dependen de cuan malvadas sean las intenciones. Para ella, gente común, que no son ni monstruos, ni sádicos, ni pervertidos, movidos tan solo por la ambición y por el deseo de complacer a un Jefe, ascender en sus carreras u otros motivos fútiles, son capaces de cometer, ante circunstancias especiales y, sobre todo, en regímenes totalitarios (o en vías de serlo), actos increíblemente crueles y deshumanizados como el que nos ocupa.
La actuación del Dr. Domínguez no difiere de la de quienes dejaron morir a Franklin Brito y, no contentos con ello, luego querían enjuiciar a sus familiares por una supuesta inducción al suicidio. Tampoco de la de jueces que dictan sentencias injustas como la de María de Lourdes Afiuni , quien sin duda al igual que otras personas, se halla privada de su libertad por órdenes superiores ejecutadas con obediencia ciega por individuos incapaces de anteponer, como lo hizo el Dr. De Armas, una actitud ética personal y profesional en el cumplimiento de su sus funciones.
Todas esas actuaciones, no son otra cosa que expresiones del mal y su banalización, ejecutadas por individuos amparados en la irresponsabilidad burocrática que les confiere “la obediencia funcionarial”. Todo ello, al decir de Arendt (Orígenes del Totalitarismo), forma parte de la estructura de la lógica de la dominación total, configurada primero, por la matanza de la persona jurídica; segundo, por la de la persona moral y tercero, por la eliminación de la pluralidad y la individualidad humana, etapa en la cual ya se muestra en su totalidad, y con todas sus consecuencias lo que conocemos como el mal radical , cuyas diversas concepciones son brillantemente expuestas en la indagación filosófica que al respecto realiza Richard Bernstein.

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