domingo, 18 de noviembre de 2012

El sindrome de Estocolmo otra vez


En 2006 a raíz de la primera relección de Chávez, Álvaro Vargas Llosa publicó en el Washington Post un artículo denominado “Venezuela o el síndrome de Estocolmo” donde analizaba nuestro comportamiento en dicho proceso electoral y concluía “que muchos venezolanos padecen del síndrome de Estocolmo”.
Imposible no rememorarlo en este momento, y, aun compartiendo lo planteado por María Corina Machado acerca de la perversidad de nuestro sistema electoral, consideramos, que la mayoría de las ocho millones de personas que reeligieron al presidente  muestra signos inequívocos de padecer dicho síndrome.                                                                 
El nombre de esta conducta anómala se originó en Estocolmo, Suecia, en 1973, cuando como consecuencia de un robo a una entidad bancaria hubo una toma de rehenes durante seis días. Al momento del rescate, una de las secuestradas se negó a ser ayudada e hizo alianza con los secuestradores.  Posteriormente, el criminólogo Nils Bejerot denominó el fenómeno como Síndrome de Estocolmo, con el uso,  el concepto se generalizó y actualmente consideramos como tal, a la reacción emocional en la cual el oprimido, retenido o maltratado desarrolla una relación de complicidad, de protección e incondicionalidad hacia su victimario en cualquier circunstancia.
 Este proceso de identificación psicológica con el abusador  poderoso, es más proclive a ser  padecido por personas que de una u otra forma han sido abusadas, oprimidas, carenciadas o ignoradas tanto psíquica como físicamente en el transcurso de su vida y fundamentalmente en la infancia, de allí que la necesidad de ser aceptadas,  significadas,  amadas o tomadas en cuenta,  es superior a cualquier maltrato que puedan recibir.  El afectado desarrolla la idea de que su “buen comportamiento” lo hará superar las dificultades y de que su lealtad lo protegerá de la violencia del agresor.  Está dispuesto a muchos sacrificios para obtener amor, importancia y pertinencia a determinados entes,  fundamentalmente a figuras abstractas como la patria o la revolución.   En los estados regresivos es más importante “quien” dice las cosas “que” lo que se dice. Los mensajes concretos p.ej: Inseguridad, desempleo, deficiencia de servicios, secuestro de poderes, etc. menoscaban el impacto de las palabras del líder. Por el contrario,  en los mensajes abstractos, “el hombre masa” proyecta mejor sus fantasmas parentales (Paniagua, 1977).  Solamente cuando el sujeto madura y adquiere capacidad crítica, llega a  comprender que los logros dependen de sí  mismo. Entonces, las figuras idealizadas se tornan inapropiadas para la recreación de las fantasías infantiles y su amor se desvaloriza. En consecuencia,  paradójicamente, suele surgir una rabia narcisística que exige venganza hacia el frustrador de sus fantasías.

No hay comentarios:

Publicar un comentario