En 2006 a raíz de la primera
relección de Chávez, Álvaro Vargas Llosa publicó en el Washington Post un
artículo denominado “Venezuela o el síndrome de Estocolmo” donde analizaba
nuestro comportamiento en dicho proceso electoral y concluía “que muchos
venezolanos padecen del síndrome de Estocolmo”.
Imposible no rememorarlo en este
momento, y, aun compartiendo lo planteado por María Corina Machado acerca de la
perversidad de nuestro sistema electoral, consideramos, que la mayoría de las
ocho millones de personas que reeligieron al presidente muestra signos inequívocos de padecer dicho
síndrome.
El nombre de esta conducta
anómala se originó en Estocolmo, Suecia, en 1973, cuando como consecuencia de
un robo a una entidad bancaria hubo una toma de rehenes durante seis días. Al
momento del rescate, una de las secuestradas se negó a ser ayudada e hizo
alianza con los secuestradores.
Posteriormente, el criminólogo Nils Bejerot denominó el fenómeno como
Síndrome de Estocolmo, con el uso, el
concepto se generalizó y actualmente consideramos como tal, a la reacción
emocional en la cual el oprimido, retenido o maltratado desarrolla una relación
de complicidad, de protección e incondicionalidad hacia su victimario en
cualquier circunstancia.
Este proceso de identificación psicológica con
el abusador poderoso, es más proclive a
ser padecido por personas que de una u
otra forma han sido abusadas, oprimidas, carenciadas o ignoradas tanto psíquica
como físicamente en el transcurso de su vida y fundamentalmente en la infancia,
de allí que la necesidad de ser aceptadas, significadas,
amadas o tomadas en cuenta, es
superior a cualquier maltrato que puedan recibir. El afectado desarrolla la idea de que su “buen
comportamiento” lo hará superar las dificultades y de que su lealtad lo
protegerá de la violencia del agresor. Está dispuesto a muchos sacrificios para
obtener amor, importancia y pertinencia a determinados entes, fundamentalmente a figuras abstractas como la patria o la revolución. En los
estados regresivos es más importante “quien” dice las cosas “que” lo que se
dice. Los mensajes concretos p.ej: Inseguridad, desempleo, deficiencia de
servicios, secuestro de poderes, etc. menoscaban el impacto de las palabras del
líder. Por el contrario, en los mensajes
abstractos, “el hombre masa” proyecta mejor sus fantasmas parentales (Paniagua,
1977). Solamente cuando el sujeto madura
y adquiere capacidad crítica, llega a comprender que los logros dependen de sí mismo. Entonces, las figuras idealizadas se
tornan inapropiadas para la recreación de las fantasías infantiles y su amor se
desvaloriza. En consecuencia, paradójicamente,
suele surgir una rabia narcisística que exige venganza hacia el frustrador de
sus fantasías.
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