El trastorno de pánico es una de las problemáticas emocionales más comunes con que tenemos que lidiar hoy día los psicoterapeutas. Como todos sabemos, se caracteriza por crisis de angustia recurrentes que se presentan de manera imprevista y se desencadenan o bien espontáneamente o ante situaciones consideradas cotidianas, como puede ser por ejemplo un atasco de tráfico.
Los síntomas más comunes de un ataque de pánico son: su aparición repentina, la intensa aprehensión, disnea, palpitaciones, sensación de ahogo, oleadas de calor o frío, sudoración, dolor o malestar precordial, mareos o vértigos, temor a enloquecer o perder el control, a veces sentimientos de irrealidad y casi invariablemente SENSACIÓN DE MUERTE INMINENTE.
Las crisis tienen una duración de sólo minutos o segundos, pero por su recurrencia pueden hacerse insoportables, creando en quien las padece un miedo anticipatorio o expectación aprehensiva que genera un intenso temor a quedarse solo o a permanecer lejos de su casa o de zonas que considere protegidas, es decir, se produce un temor fóbico a la repetición del síntoma.
El temor de expectación va consolidando el síntoma y éste una vez consolidado confirma con más consistencia la fobia del paciente, constituyéndose un círculo vicioso que lo captura. En muchos casos, lo propiamente enfermizo es el temor expectante, lo que conocemos como el miedo del paciente a su propio miedo. Por miedo al miedo, huye del miedo y -paradójicamente- se le adelanta al quedar aprisionado en él, sentando así las bases para el surgimiento del esquema de reacción agorafóbico.
Pero ¿a qué teme el paciente con pánico, además de a su propio miedo?, posiblemente tema, entre otras cosas, a las consecuencias negativas que para su salud puedan originarse de su excitación miedosa, teme también a ahogarse y no poder respirar, a sufrir una angina de pecho, un infarto, un derrame cerebral o cualquier cuadro clínico grave que lo incapacite, pero fundamentalmente, si ahondamos un poco, veremos que a lo que con mayor frecuencia temen los pacientes con pánico es a la muerte, pese que hasta ahora no conocemos de ningún fallecimiento causado por un trastorno de pánico.
Quizás las pérdidas u otros acontecimientos traumáticos que en general precipitan la aparición del trastorno de pánico confrontan al individuo con su propia finitud, o con lo desconocido, o lo estremecen en la solidez de sus creencias más profundas, transformando así, la angustia óntica o psicológica que en general produce este tipo de acontecimientos, en angustia ontológica, lo cual conlleva la formulación de preguntas acerca del ser y del no-ser, interrogantes estas que pocos se plantean antes de sentir la muerte tan cerca o, lo que es peor, configura en el paciente una inquietud desconocida que lo atormenta pero que no puede explicitar a voluntad, conscientemente.
La condición humana de existir (salirse fuera) permite al hombre trascender la situación inmediata, y permanecer en una emergencia continua en el sentido de una evolución centrífuga, que le posibilita viajar del pasado al presente en dirección al futuro, donde en general proyecta la finalidad de sus acciones o planes. Quizás esta condición contribuya a que nunca estemos preparados y a que ni siquiera nos planteemos la posibilidad de la muerte, nuestra limitación fundamental, porque la indeterminación de la vida es lo que le confiere sus cualidades características y nos permite esa trascendencia mental en el tiempo sin que éste haya transcurrido.
La confrontación con la muerte nos impone interrogantes sobre los valores humanos y los fenómenos de la existencia, la no-existencia futura parecería más inquietante que la no existencia pasada (antes de nacer), y por ello casi nadie se pregunta qué era ni donde estaba antes de su nacimiento, preguntas que emergen casi obligadas al pensar en la muerte.
Preocuparse por el tiempo que ya no estaremos entre los vivos, resulta tan vano como preocuparse por el tiempo en que aun no habíamos venido al mundo. Si antes no nos dolió no estar, es razonable que tampoco nos duela nuestra definitiva ausencia futura. En el fondo, concienciar la muerte, nuestra finitud, nos podría servir para valorar la vida AHORA, que todavía estamos vivos.
La aproximación al tema de la muerte nos habla de nuestra inmanente finitud, de lo frágil y limitados que somos y de que la muerte es algo inevitable y no depende de nosotros. Es lógico que ante tales evidencias y tan innegable realidad, nos sintamos tan solos, tan desprotegidos y aterrorizados que busquemos compañía y evitemos los sitios que eventualmente consideramos peligrosos, sobre todo los ambientes cerrados de donde se supone que estamos imposibilitados de huir, cuando en realidad de donde nunca podremos escapar es de nosotros mismos.
Lo cierto es que a la muerte nunca podremos eludirla, seamos jóvenes o viejos, estemos enfermos o sanos, ella siempre será un imponderable imposible de controlar, pese a todos los esfuerzos médicos y adelantos tecnológicos con que contamos en la actualidad, lo máximo que ellos nos pueden ofrecer es mejorar o prolongarnos la vida, pero no evitarnos eternamente la muerte. Mientras vivamos, nuestra mayor certeza será la muerte, ya que como decía Montaigne: "no morimos porque estemos enfermos sino porque estamos vivos". Cualquiera sea nuestra condición respecto a edad, salud o enfermedad, siempre estaremos a la misma distancia de la muerte, porque aunque a veces ésta no sea probable, siempre es posible.
Es importante reflexionar y aclarar junto a nuestros pacientes sus ideas o concepciones acerca de la muerte, sin duda estas reflexiones que en un principio pueden parecernos extrañas o atípicas, una vez elaboradas aliviarán sus miedos, ya que no hay algo que produzca mayor temor que lo desconocido.
Es obvio que disertar sobre la muerte no nos permitirá conocerla del todo, pues siempre tendremos que verla desde afuera ya que es imposible conocerla desde adentro, no obstante, su análisis desmitificará nuestra relación con ella y nos permitirá incorporarla a nuestras vidas como lo que realmente es: lo absolutamente necesario, puesto que no puede evitarse, no cesa, no cede, ni con ella se puede negociar o establecer pacto alguno.
Plantear el tema de la muerte a nuestros pacientes nos obligará a pensar con mayor profundidad, nos hará madurar interiormente, su conocimiento nos humanizará y nos convertirá en verdaderos hombres, en genuinos mortales, porque "no es mortal quien muere sino quien sabe que va a morir", aquel que conoce su vinculación individual con la muerte.
Aceptar conscientemente la inminencia de la muerte, nos permitirá comenzar a vivir, porque será entonces cuando verdaderamente iniciemos la adecuada percepción de la vida tal cual es: importante, finita y llena de altibajos y cambios afortunados y desafortunados. Esa aceptación nos permitirá también entre otras cosas, valorar nuestra existencia, que es lo único que hemos podido arrebatarle a la eternidad de la muerte y jerarquizar la importancia de algunas acciones que realizamos a veces tan desmesuradamente y sin sentido, que impresiona como si estuviésemos en una loca carrera para escapar de la muerte o resistiéndonos a ella, con la ilusa fantasía que de esa forma podremos evitarla.
En la medida en que concienciemos la finitud podremos vivir mejor, porque la certeza de la muerte le da sentido a la vida, si ella no existiera tendríamos un tiempo infinito para actuar y posiblemente eso nos desmotivaría. Tendríamos mucho que ver y hacer y poco en que pensar.
Consideramos importante también explorar en nuestros pacientes sus creencias religiosas, que en nuestro mundo occidental suelen ser bastante tibias y, pese a que la mayoría de las religiones dan alguna opción de vida eterna o reencarnación, pareciera que eso no es suficiente consuelo porque no se acepta del todo, así observamos como muchas personas que se dicen fervientes creyentes, tiemblan ante la posibilidad de morir, porque o realmente no tienen suficiente fe en las creencias que dicen profesar, o creen en muchas cosas menos en lo más creíble de la vida: la inminencia de la muerte.
Otro elemento angustiógeno respecto a la muerte, es la fantasía de que quien muere sabe, una vez muerto, acerca de su propia muerte. La muerte ha sido comparada con el sueño, cabría preguntarse entonces, ¿sabemos acaso que dormimos cuando lo hacemos?
Considero que el tema de la muerte podría abordarse indiferentemente de la técnica psicoterapéutica que se utilice en el tratamiento integral del trastorno de pánico. El uso de psicofármacos no es incongruente con este aspecto, por el contrario, lo consideramos conveniente y necesario, pues en la medida en que mejoren los síntomas más agudos, mayor será la posibilidad de trabajar con contenidos más profundos y acceder a lo que consideramos forma parte importantísima de la problemática esencial del trastorno de pánico: el miedo al miedo y el temor a la muerte.
Introducirnos en los ámbitos del miedo y de la muerte junto a nuestros pacientes, requerirá de nosotros psicoterapeutas, una revisión profunda y necesaria de nuestros propios temores, concepciones y actitudes respecto a la muerte y el morir. Esta preparación nos configurará un sólido soporte tanto en lo personal como en lo profesional que nos permitirá el tratamiento de estos tópicos con mayor éxito y menor ansiedad. No, no es necesario ser filósofo, pero si es imprescindible filosofar, porque como decía Sócrates en el Fedón de Platón: filosofar es prepararse para morir.
Publicado en la Revista Científica de la Policlínica Metropolitana
ResponderEliminarExcelente articulo, una dura y verdadera leccion de vida, pero necesaria.
ResponderEliminarMe gusto el artículo. Seguiré leyendo..
ResponderEliminarQue bueno poder leer sobre el pánico. Gracias Dra.
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